lunes, 5 de septiembre de 2011

ESTEREOTIPOS DE INVOLUCIÓN


Hasta ARISTÓTELES los acumulaba: "Pero entre los bárbaros la hembra y el esclavo tienen el mismo puesto". Sí, los pedagogos de todos los tiempos se han nutrido de ellos para que prevalezca un poder, para salvar unos privilegios, una religión..., para controlar a los demás. Se habitúa -con ellos- sistemáticamente a las masas porque reaccionen de una manera única o sobreprotegida; lo cual garantiza en seguida que obedezcan, y se encierren en una inferioridad impuesta: se resignen.

Así es, antes se estereotipaba como enemigo sin virtudes al que era extranjero, al que estudiaba una realidad desvinculándose de su divinidad "adherida", al que no hacía lo habitual ante una exigencia dictada o ante una norma, al que gritara derechos de persona; pero ¿derechos?, ¿qué eran derechos entonces? Matar se justificaba tan pronto como suponía deshacerse de aquél que contravenía a una costumbre o tan sólo quería entender otras, pues no era válido el aislamiento, ni el despegarse del tótem -del núcleo sagrado al que la vida se lo debía todo-.

Los seres humanos se movían entre lo superior y lo inferior; los actos de fe -vinculados a lo superior divinizado- demostraban el "status" alto que, en efecto, abría las puertas para el reconocimiento, para la integración o para acceder a un puesto de prestigio o de poder; los actos de rebeldía, por el contrario, demostraban un desagradecimiento a lo divino, un atrevimiento de soberbia, una plena ignorancia, una corrupción. Por ello, no hubo sabio que se librara de soportar directamente estas condiciones enfrentándose con una contracultura a favor de la necesaria evolución racional: abrirse al conocimiento, paso a paso, venciendo prejuicios y, además, sin más remedio decir lo que demostraba aunque no gustase a muchos.

No obstante, el vencer tantos miles de atavismos de la historia no lo han realizado los obedientes, no, en tanto que vivían cómodos al sistema, sino los "endemoniados" para la sociedad, los que padecieron como respuesta a sus sobreesfuerzos o a sus valentías contra la ignorancia. Los verdaderos artífices, por esa razón, del progreso eran los que sabían decir no a lo establecido.

Hasta hace poco se difundían refranes como "La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa". Hasta hace poco la política era asunto sólo de hombres. Hasta hace poco la homosexualidad era considerada un vicio o una enfermedad mientras que, la promiscuidad del hombre, en muchos sitios una necesidad o un lujo. Hasta hace poco era justificable pegar a los hijos o hacerles trabajar incluso.

Ahora mismo la pena de muerte se encuentra en el ámbito de las aplicaciones de la justicia sin la más mínima consideración a los factores de violencia que las mismas leyes protegen. Ahora mismo la guerra se justifica, aun a sabiendas de que impone el horror o una crisis social o una psicología de horror ya imborrable durante años a todo un país. Ahora mismo la mentira y la manipulación en política se premia, así como suena, porque hay partes de la sociedad que, secuestradas emocionalmente por un líder o por una ideología o por la sinrazón, lo ven todo bien y, así, destruyen siempre-con apoyos y con consentimientos- en imperiosa e insaciable y vacía locura.

2 comentarios:

José Repiso dijo...

SOBRE CAMBIAR LO QUE PARECE IMPOSIBLE:
Existe algo que es "ACTUAR" y otro algo que es "NO ACTUAR"; pues con el primer algo se arreglan las cosas. Por aquí se suele decir "Todo tiene remedio menos la muerte". Y es así, todo tiene remedio, cada uno actuando de una forma de concienciar las cosas y van sumándose cada vez más que actúan. Pero con lo que no se arregla nada (siguiendo la misma putrefacción) es con estarte quieto, callándote, escondiéndote detrás de tu puerta y aceptando todas las mentiras y confusiones.
¡Así no! Existieron sociedades que parecían imposibles de cambiar y, al final, se cambiaron; y se cambiaron con la iniciativa de muy pocas personas. Si piensas que todo es imposible, nada harás porque sea posible; por eso hay que luchar y luchar...

José Repiso dijo...

Ahora se habla, como truco de moda, el "es que es mi opinión", "es lo que me parece".

Ya aclaré en otro sitio que la opinión es "el decir", "lo que tenemos todos", con o sin esfuerzo, con valores éticos o sin ellos, con algo de razón o sin nada de razón pero ¡siempre! depende de la conveniencia -si no, sería estrictamente imparcialidad, lo que únicamente se demuestra y no se opina, sólo razón o rigor-.

Pues bien, el que afronta una injusticia grave o algo que atañe a todos o algo que educa a todos (una información), por un rigor, es un total sinvergüenza si habla, si más ni más, de... opinión. Para demostrarlo y, también para comprenderlo, hay que ir a un contexto de un rigor; sí, éste será el de un proceso judicial, por ejemplo. Allí, allí no puede ir uno locamente a decir "opino que la mujer asesinada quiso ser asesinada" u "opino que él la asesinó" o "me parece que él fue el asesino" o "creo que ella era también asesina".

Por eso, LO ÚNICO QUE HAY QUE VALORAR para no ser uno un irresponsable o un sinvergüenza es LO QUE ESFORZADAMENTE SE DEMUESTRA.