domingo, 14 de diciembre de 2008

LA CONTINUIDAD DEL PENSAMIENTO


Para que el pensamiento exista, para que su coherencia consista, el pensamiento sólo puede ser CONTINUIDAD; es decir, todo lo que ya existe, como actividad que es -haciéndose-, continúa, prosigue, sigue, se apoya en su acción anterior y, asimismo, al frente de su continuidad.
Por ejemplo: La adaptación de las especies es una acción sucesiva que "sucede mientras haya especies"; en fidelidad, eso es lo que -en el fondo- “dice” también o sustenta el pensamiento coherente, que sucede no para un lugar, no, no para un ser humano y para otro no -como un fenómeno aislado-, sino sucede para la GENERALIDAD de "mientras haya especies".

Así pues, el pensamiento coherente no “dice” porque sí algo, ni para sí mismo -apenas-, ni para ser aceptado o no: únicamente reconoce que eso es así, que sólo porque sucede algo... sucede y, por lo tanto, es innegable si se quiere considerar o hablar de lo que sucede, si aun se quiere defender o buscar de seguido un pensamiento coherente con respecto a lo que sucede.
Claro, se trata del reconocer -como lo hace de una forma primaria o más inherente la misma naturaleza- o... de ir contra el negacionismo siempre interesado.
Ya, de antemano, así, el pensamiento coherente se implica en la objetividad de tal contexto en pro de señalar que LAS COSAS ACTÚAN, o los elementos propios de ese contexto, DE DIFERENTE MANERA; como ejemplos: el ser humano actúa más como un mamífero -sucede en esa capacidad o función-, y la serpiente actúa más como reptil.

Según estas delimitaciones, la objetividad hace evidente "lo imprescindible que conforma a algo" -con lo que ha de contar-, o hace innegable -por lo menos- lo primordial, lo que está ya sobreentendido -demostrado por todos los hechos o medios reales- como evidente, o sea, el que cada hecho es capaz de unos efectos y de otros no: que SUCEDE cada hecho a unos efectos, los cuales le son consecuentes.

Así, la evaporación es capaz de producir lluvia y el jugar al ajedrez, por el contrario, no es capaz de producir lluvia; ahí -precisamente- está ni más ni menos la objetividad.

Y, sin excusas, según una capacidad existe -o sucede- la objetividad que le corresponde, como una generalidad, no para uno sí y para otro no; en seguimiento, pues, como una regla... natural.

Al respecto, la objetividad existe porque sucede en y como respuesta a una capacidad y, ésta, real; en claro, sí, si todo estuviera fijo ahí ya no existiría la objetividad, por motivo de que nada respondería a nada, nada consistiría en nada, nada sería “por algo”, nada se distinguiría “en algo”, nada podría suceder “a algo”, o desarrollar algo en cuanto que, el existir de algo, es un desarrollarse de ese algo, un constituirse -lo que conlleva proceso o continuidad-; no, por contra, lo fijo que no puede permitir nada -aun a sabiendas de que, obligatoriamente, ese imaginario fijismo, para ser real, tendría que haber sido formado primero por algo móvil, “constituyente”, por algo que actuó sin duda para formarlo-.

Con esta aclaración, y muy necesaria (debo decir que demostrar es, en esencia, aclarar), la objetividad no la forman dichos -expertos o no expertos, prestigiosos o no prestigiosos-, conjeturas, extensas tesis fundadas en prejuicios, pareceres, ráfagas del capricho, ni aforismos mágicos que saltan del "porque sí" o vienen como desde las nubes, ni siquiera entretenimientos del narcisismo o esas iluminaciones "extrañas" -en la sugerencia- pero no probatorias, ni “citas o frases” muy convenidas porque interesan muy arbitrariamente, sino que ya -en el suceder- lo que forma está atendiendo o respetando o correspondiendo al comportamiento mismo de la realidad dentro de un contexto.

Más claro, lo aislado no existe como tal, en cuanto que supondría -por evidencia- que está separado, independiente, “intransferible por la realidad”, condenado a no tener una "comunicabilidad", un acto, o una interacción.

Sí, desde luego, impera el “todo sucede”, pero este “sucede” atiende antes -o como prioridad- a unas condiciones del mismo suceder, no sucede sin más, al "ahí voy a ver qué pasa", no sucede -de ninguna manera- sin “su suceder que corresponde a las condiciones que le delimitan": sus mismas características o propiedades de acción, el corresponder ya a una categoría que le distingue o le clasifica en la acción de su contexto.
Algo actúa o sucede según sus propiedades y, también, según sus circunstancias -esto último se conoce popularmente-.

Por consiguiente, lo concreto, o una actividad, eso que es -de antemano- una concreta capacidad de acción, se encuentra en la generalidad de los aspectos que lo permiten ser... concreto o “definido”; es decir, para que algo se diferencie, necesariamente responde a la generalidad de su contexto, que... lo comporta: un ser humano es generalmente un ser vivo, es generalmente un ser auto-alimenticio, es generalmente un ser constitutivo de una porción de agua, como ejemplos.

Comte no podría estar más equivocado -en esto-, frente a la evidencia de que cualquier fenómeno o hecho o suceso es un resultado derivado de generalidades -de las sólo posibles- que se presentan o que actúan como capacidades en su contexto real; pues, la generalidad de la adaptación vital, no actúa para un león sí y para un avestruz no: es, sobre todo, una generalidad. O una regla general que se cumple, sin excepciones.
Entonces, con contundencia, la adaptación vital-como cualquier otra capacidad-, sí, es una generalidad que constituye a unos elementos propios de un contexto, como regla.

Otro asunto muy distinto, derivado de lo social, es la intención, el deseo, o la promesa.., donde cada ser humano -en diferencia social y particularmente- posee su propio procedimiento, es decir, que es éste psicológico o interesado y, por tal “arbitrariedad”, no se cumple aquí una generalidad en lo que gusta o en lo que se desea; en cuanto que está influido por “presiones” muy personales y por “presiones” de convención social, al mismo tiempo.
Pero lo general en lo social, asimismo, puede atender a un beneficio más común o no, a un reconocimiento de lo que es más primordial -según una escala de valores o coherencia intelectiva- o no, a una menor discriminación o injusticia o no.


(*) Defensores de un pensamiento aforístico o "aislado" o “espontáneo” eran Nietzsche, Kierkegaard, Schopenhauer, entre otros.
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