sábado, 25 de octubre de 2008

PREÁMBULO (Del prejuicio)

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LA SIN-CAUSA IMAGINADA


1.- LA COINCIDENCIA

Una opinión es un decir, pero "además" un decir puede ser una verdad (por ejemplo: "No soy una piedra"); una política es una manera de gobernar, pero "además" una manera de gobernar puede ser justa; un coche es un vehículo, un medio de desplazamiento, pero "además" puede atropellar a alguien.

Así, todo tiene un "además", varios, aunque el ser humano no los advierte a propósito, en el instante que sucede algo porque, sencillamente, se encuentra seducido, enajenado por esas avenencias de su motivación y de la moda imperante; p or lo que todo lo que le suceda al coche, al margen de eso, con obsesión es accidente por imaginación, coincidencia.

Sin embargo, el mundo, el Universo, se "libera" de tal gravamen (con el "además" anteriormente señalado), podríamos decir pues, en esa obsesión del ser humano, todo es "este pan para este queso y este queso para este pan", se ciñe a eso o él mismo se predetermina a causas únicas, forzadas, iluminadas, todopoderosas.
De manera que, si un coche ya circulando por una carretera, conlleva causas; en cambio, con esa predeterminación, si atropella a alguien, no: ¡es una coincidencia!, es una casualidad sin causa o venida del más allá, un no-sé-qué o un no-sé-cuándo, un estado adelante alucinatorio o astroloide, una ocurrencia de cualquier descerebrado, una verdad inverosímil especial por su nada dando pingos, una coincidencia acaecida, la iluminada de que en aquel momento se le cruzara alguien.

Sí, es lógico que de los millones de personas que se mueven en el mundo te encuentres con algunas conocidas o que, algunas conocidas, se encuentren (por obligado); y no por casualidad, sino porque las causas están orientadas “per se” para los encuentros (de hecho, por naturalidad, por interacciones, de fuerzas se determinan los principios físicos) que son los efectos de ellas (es uno, sólo uno entre tantos, el espermatozoide que ha de llegar al óvulo para que se cumpla el principio de fecundación en los seres humanos, asimismo nuestras células han de encontrarse con virus para que se cumpla el principio de supervivencia, etc.).

Conque cualquier cosa tendrá sus encuentros, pero dejemos que se realicen por causas naturales en un contexto concreto, no los intentemos forzar, no los califiquemos por coincidentes (si un señor que va a recibir una distinción, en ese momento le huele el aliento, de inmediato califica de coincidente el que eso suceda porque... para tal momento –en autosugestión- se había predispuesto de una manera, siendo lo demás coincidencias, que así lo había predeterminado).
Si es lógico que obligatoriamente personas conocidas tendrán que encontrarse, cuando se encuentran, no se califica eso al momento como que es de lógica obligatoria que sea así, sino se impone prejuzgadamente como coincidencia; es decir, la coincidencia es el resultado prejuzgado de una utilización de lo no habitual puesto, que lo no habitual -porque no puede serlo todo-, de una u otra forma se les meterá en la cabeza de que es... coincidencia.
Ahí está el truco: lo no habitual no tiene derecho a ser no habitual, sino es para ellos coincidencia, y a la fuerza.

En la consideración de que está lo frecuente porque lo posibilita un contexto, y también lo infrecuente que siempre existe en cualquier contexto, de aquello que interactúa menos o posee realmente menos elementos para interactuar. Por ejemplo: que se le caiga a uno en la cabeza un zapato desde una ventana.

Pero, sin más, siempre es fácil recurrir a que tal o cual hecho, que ha tenido que ocurrir “curiosamente” de tal manera, es un “hecho coincidente” para no dar alguna otra respuesta, que ya requiere algún esfuerzo mental, y ahí acaba la cosa.

"Todo lo real tiene causa" propugnó Leibniz; y todo lo irreal tiene sus causas en la realidad -no lo trae el limbo-.
Lo que ocurre es que, lo irreal, posee una significación en quien se lo cree (únicamente el ser humano ama y se asusta de lo que no conoce) y, por consecuencia, actúa con ese gravamen -prejuicio- sobre la realidad creando o inventando ora dones divinos, de "sangre azul", de elegidos para el poder, de machos superdotados ordenando la familia patriarcal con su opresión o jefatura de patria, ora caciquerías para que la riqueza se aúne o se concentre en los egos de cuatro saqueadores de dignidad (puesto que sólo se acumula riqueza en "detrimento" del usufructo de muchos que trabajan, ningún idiota únicamente solo se hace rico, sin utilizar servicios de otros).

Y lo que ocurre es que la superstición alimenta a muchos poderes que lo son precisamente por sinrazones y no les interesa que muchos ingenuos se liberen de ella para perder sus privilegios; y preferible, sí, es que los ingenuos sigan ingenuos, y al máximo posible para que los poderosos disfruten de sus palacios “de rechupete” a costa de tanto tontaina reengañado.


En definitiva, ese tipo de prejuzgador mitifica ofreciendo la coincidencia como un rasgo extraesencial o… raro, para crear misterio como en las películas.



2.- EL AZAR

Cuando se dice “esta corbata es azul” es porque, al verificarse tal hecho, esa corbata “es azul” por atribuírsele un color en concreto, delimitado y presente.
En cambio, cuando se dice “me regalarán una corbata” evidente es que, tal hecho, aún no ha ocurrido, por lo que aún no podrá ser verificado; entonces, jugamos con la adivinación.

Ahora bien, la corbata “que se regalará” siempre atenderá o responderá al siguiente silogismo: “Todas las corbatas tienen color, luego, esta corbata que me regalarán, tendrá por obligado un color”.
En el caso de que sea un sorteo de tres premios de navidad mediante números, los números de premio serán elegidos –puesto que a priori eso se han propuesto, es decir, eso han elegido los organizadores: la acotación a que sean tres números los que obtengan premio-; sin embargo, todos los números que, desde el principio, entran en juego –otra acotación- podrán ser elegidos en virtud de que “todos” puedan ocupar la posición precisa dentro del bombo para ser elegidos.

Más claro, cada número que se encuentra dentro del bombo por adelantado tendrá la posibilidad de posicionarse privilegiadamente para representar a cualquier premio en ese instante “detenido”, en un “instante privilegiado” para un ser humano que espera un premio de tal forma, no para la misma bola.

El ser humano es el único que quiere que, algo inorgánico utilizado o predispuesto con ciertas condiciones para unas concretas posibilidades, le privilegie. Y cada uno se hace representar con una de esas posibilidades.
Por ejemplo, imaginen tres personas, A, B y C, que se dejan representar por unas únicas tres posibilidades de un encuentro de fútbol entre el Génova y el Nápoles: “Si gana el Génova el premio es para mí”, dice A; “si gana el Nápoles el premio es para mí”, dice B; “si empatan el premio es para mí”, dice C. Pues, con esas únicas posibles representaciones, el premio es para uno de los tres; y no por suerte, sino por las capacidades reales que posean para ganar tanto el Betis como el Numancia, es decir, de sus mismas posibilidades.

Así pues, el ser humano es el único animal que inventa la casualidad o el azar (un ratón nunca se sugestiona o nunca admite que, al advertir la presencia de un gato, sea precisamente por azar), que espera de lo que aún no ha sucedido; pero muchas veces prepara su modelo o tipo de casualidad: lo hace ocio o juego.
Y es que, aposta, quiere jugar, jugar a aceptar una causa entre las posibles; quizás para prever, para prevenir, para anticiparse imaginativamente al… futuro.

En verdad, en el contexto intelectivo, repercute al conocimiento de la realidad: distingue más lo que será posible –lo verosímil aristotélico- o bien lo probable, lo taxativo –llevado al contexto del probabilismo que propugnaba el Círculo filosófico de Viena-.

Si, enfrente a lo que va a suceder, todo tiene asimismo una causa, el ser humano -o su voluntad- determina un puente de probabilidades de lo que más puede acercarse a presentarse como causa; sin embargo, a trasmano de una certeza segura, se escuda en la concepción de ese azar –referencia más bien emocional-, de la certeza que desea, que espera, pero que no puede alcanzar o controlar.

Eso le es, así, una terapia contra sí mismo, contra su intranquilidad y contra sus miedos en tanto que, desde que existió, se ha preocupado fundamentalmente por el mañana, por las causas del mañana; y, en tal obsesión que le ha ayudado a la supervivencia, augura siempre, especula el estar por delante de unos y de otros, se predispone a “poseer” o al menos a condicionar los hechos lo más cercanamente a la medida de sus intenciones o expectativas.
O incluso a corregir el pasado a través del futuro como pretendía la narrativa de Proust.

En definitiva, cuando algo del “mundo” no existe en el presente ya puede ser utilizado como “táctica” o como apoyo imaginativo para el ser humano, con sus remilgos por excusar su propia imperfección, su propia impotencia –a favor de sus ambiciones- por reconocer sus limitaciones, o sus vanidades –sí- la mayoría de las veces.
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