sábado, 29 de noviembre de 2008

VOLTAIRE Y EL LAICISMO
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El Renacimiento supuso afrontar una crisis tanto de valores o de modelos religiosos como de todas las reglas establecidas hasta el momento por una cultura teocéntrica; en cuanto a que, el ser humano europeo, vive una situación social nueva: la liberación del capital y del desarrollo técnico.
Este hecho le permite seguir hacia un modelo de convivencia... más abierta o urbana; es decir, el pueblo se culturiza, lo que conlleva liberarse de prejuicios ancestrales, lo que conlleva creer en sí mismo y desarrollarse -así- con más libertad en sus capacidades, con la virtud de que él "se hace" –educativamente hablando- y busca -también- sus anteriores relaciones: lo natural, la naturaleza –que se agranda con los nuevos descubrimientos geográficos- y la cultura greco-latina.
Entonces, la creencia de lo divino, es ahora, a través de una mayor y mejor actitud crítica – pues se exalta la razón-, una visión reformadora (como la que necesita la actual crisis) que se enfrenta directamente a los abusos de poder y la derrochadora ostentación de la Iglesia.

A partir de ese punto de inflexión -de humanismo, siendo lo humano lo primero- es desde donde se incitan o se provocan, de seguida, una serie de movimientos luteralismo, calvinismo y anglicanismo- con la intención de conseguir ora una independencia con respecto al papado, ora una redefinición de la doctrina católica. Sin embargo, no sólo de todo esto es el beneficiario el pueblo, sino... el Estado que garantizaba, con la ya asunción de todos los poderes, una unidad nacional y protegía, asimismo, su modo económico para subsistir: el mercantilismo (origen libertario del actual mercado o, en suma, del capitalismo).

En el siglo XVIII, la burguesía se enriquece y se va consolidando como la única clase social que lidera las transformaciones sociales. Nace ahí, precisamente ahí, un movimiento cultural, cuando el desarrollo científico está en su pleno auge, la Ilustración, que a la vez mina o destruye -poco a poco- las pilares del Antiguo Régimen; Montesquieu, en su obra “El espíritu de las leyes” establece como sistema político ideal el parlamentarismo, en el cual los poderes se separan o quedan divididos; Lambert publica “Reflexiones sobre las mujeres” que impulsará luego sus reivindicaciones; Diderot cuestiona el matrimonio en la “Enciclopedia” y, junto a D´Alembert en esa publicación de los ilustrados, promueve el anticlericalismo y difunde los grandes defectos del absolutismo.

Si la “Enciclopedia” fue una dirección-clave por donde se instigó la burguesía contra el poder, Voltaire significó el animador principal para que eso sucediera; pues sembraba y avivaba las polémicas, era quien suscitaba las ideas y, en consecuencia, la movilización de los demás a raíz de sus sátiras o burlas o irreverencias feroces.
Sería justo, sí, considerarlo como un líder, pero no un líder en un sentido carismático o de representar a masas sólo, sino que, todo lo que él a los demás conmovía, protagonizaba ese liderazgo; en concreto, su influencia intelectual que ridiculizaba o infravaloraba la sinrazón, las costumbres y las vanidades de la aristocracia. Aunque, también, en cuanto a que, al mismo tiempo que polemizaba, sabía ganarse muchos admiradores o simpatizantes -con las “Cartas inglesas” elogiando a la sociedad inglesa, con “Cándido” logrando el desenfado de su entorno intelectual-.

Voltaire, así, de ese modo, asediaba y despertaba las conciencias, a todo riesgo –pasando tanto por encarcelamientos como por exilios forzosos- y recurriendo a todos los géneros, algo que sólo él supo hacer con éxito.
En la “Historia de Carlos XII” puso en cuestión a la guerra, en “Epístola de Urania” ataca a los dogmas católicos, en “Ensayo sobre las costumbres” irritó a los calvinistas, en “Concreciones sobre el siglo de Luis XV” se enfrenta directamente a los jesuitas. Después de esto, razonablemente, es sencillo deducir que inició y despejó los primeros trazos del camino del laicismo inculcando, además, que los seres humanos debían decidir y ejercer por ellos mismos sus libertades, no que fueran impuestas.
La tolerancia era para Voltaire lo que la igualdad de derechos era para Rousseau: sólo un medio justificable para un fin.

No obstante, eso de la Ilustración fue importante sobremanera porque atendió ya a instaurar un modelo de civilización; así es, desmadejó todos los intereses y los prejuicios para analizarlos a fondo, y obligó a la sociedad a pasar por una catarsis que, ineludiblemente, dispensó sólo unas vías justificables para la acción política.
Que lo político debía de estar basado en la tolerancia, en tolerar que el otro pensara y decidiera libremente, era algo que Voltaire sabía o reconocía, que él “implantó” como la necesaria “forma política” o, incluso, la necesaria “forma intelectual” consecuente siempre con la razón; puesto que, en su coherencia o en sus demostraciones, superó a Descartes, a Spinoza y a Leibniz en racionalismo al desprenderse radicalmente de algunos de los elementos que crean los prejuicios: Voltaire era un “puro y duro” racionalista.

Claro, es evidente que, si las cosas funcionan mal, es porque existen causas que las hacen funcionar mal; y a buscar y a explicar esas causas es a lo que él se dedicó, con la razón -o con el no tener trucos para eludir o para esconder los problemas a la sociedad-, no ya con los fracasados usos divinos a los cuales todos recurrían para justificar –y de hecho así ocurría- las crueldades y las injusticias.
Pues, cualquiera se eximía de sus responsabilidades, Dios era de la acción justificada para cualquiera, y sólo bastaba la fácil justificación irracional: para el fin (Dios) los medios no se cuestionaban y la mayoría de ellos pronto se justificaban con facilidad desde un privilegio de poder (sin olvidar de que las causas bélicas o de expansionismo nacionalista siempre tenían un mensaje religioso).

Gracias en parte a esto, ahora sabemos que las leyes se fundamentan primero en razones, la ciencia en razones y la eficacia de cualquier acción o de la política en razones.
No es, no, una casualidad. El ser humano atenderá a buscarlas o no - si no las atiende es porque prefiere entonces las sinrazones y subjetividades por intereses de tradición, de injusticias que le benefician o de... poder-, pero existen.

Y es que, en el fondo, todo tiene “un decir de reconocimiento que le corresponde” (de mínima conciencia), no “un decir desde nada y por nada”. Y, la razón, en sus reglas de probación, posee la virtud de que no inventa medios para manipular, sino que descubre las causas y las necesidades de una realidad ya antes manipulada –por unos cuantos-.

Voltaire “alumbró” -con la razón- la realidad, la dijo con conocimientos; no, no con lo que se suponía que dijo una divinidad -de tantas- de uno a otro hasta llegar a la confusión o al “todo vale”.
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